Cocinar pieles de plátano

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  • Una chef enseña a miles de habitantes de las favelas de Rio de Janeiro a plantar huertos para abastecerse y a aprovechar al máximo los alimentos

Cáscaras, tallos y semillas no siempre tienen que acabar convertidos en residuos –en la fracción orgánica, por supuesto–. También pueden ser aprovechados para cocinar platos sabrosos y nutritivos. Lo enseñan en los talleres del proyecto Favela Orgânica, una iniciativa puesta en marcha en setiembre de 2011 por la cocinera y emprendedora brasileña Regina Tchelly, que ya ha enseñado a más de 30.000 personas de las favelas de Rio de Janeiro cómo evitar el desperdicio de alimentos y mejorar con ello la dieta diaria de los más pobres entre los pobres de su país.

Tchelly nació hace 35 años en Serraria, un pueblo de unos 6.000 habitantes del estado de Paraíba, en el extremo más oriental del gran país suramericano, en un austero entorno rural donde nada se desperdiciaba. “Cosas como las semillas, que no usamos para cocinar, se convertían en aperitivos o se usaban en la medicina tradicional, o para alimentar el ganado“, recuerda, para añadir que, por dicha razón, “no me veo haciendo nada innovador. Lo que hago es revitalizar prácticas que siempre formaron parte de la cocina tradicional brasileña”.

Las recetas de Regina Tchelly incorporan cáscaras, semillas, tallos y cortezas 

Tchelly se fue a vivir a Rio de Janeiro en la adolescencia. Allí, como tantas jóvenes procedentes del campo, tuvo que trabajar durante muchos años como empleada doméstica de casas acomodadas, donde aprendió a cocinar de forma autodidacta hasta lograr un nivel más que elevado. Desde su llegada, en 2001, comprobó cómo en los mercados se tiraban enormes cantidades de comida en buen estado. Y empezó a llevársela para casa, donde ideó platos como el arroz colorido de tallos y cáscaras, el pan de miel de piel de plátano o la quiche de tallos de brócoli.

Pero en 2011, con ganas de extender su mensaje en favor de un consumo más racional y sostenible, se atrevió a pedir financiación a un programa gubernamental de apoyo a iniciativas de la juventud para poner en marcha un taller que se desarrollaba en su propia casa, en la favela (barrio informal de chabolas) de Mangueira, que empezó con apenas 140 reales (38 euros) de presupuesto. La primera semana sólo asistieron seis personas, todas mujeres. Un mes después ya eran una cuarentena. Y hoy ya han pasado por sus clases millares, brasileños de todas las condiciones sociales pero también numerosos extranjeros, entre ellos europeos (franceses e italianos) que pusieron Favela Orgânica en contacto con el movimiento Slowfood.

Compostaje

En los talleres, que ya se han extendido a favelas como Santa Marta, Morro da Babilônia y Complexo do Alemão, donde viven más de 200.000 personas, Regina enseña a cultivar pequeños huertos ecológicos en cualquier rincón de las estrechas y precarias viviendas autoconstruídas por sus habitantes, y a aprovechar al máximo todas las partes de los alimentos, incluso las cáscaras de la sandía o la fruta de la pasión, o los tallos y semillas de brócoli, para minimizar el desperdicio por medio de sorprendentes recetas, recuperando a menudo platos tradicionales que habían quedado olvidados.

Y con las escasas partes no aprovechables de los productos, muestra cómo se puede elaborar compost para nutrir los pequeños cultivos urbanos que emergen por doquier. “Cualquier lugar con un poco de sol es suficiente. Incluso se puede llenar un cajón con un poco de tierra, ponerlo en la pared y cultivar ahí algunas verduras, o especias, o incluso tomates”, asegura. Toda una revolución que ha reducido tanto la generación de residuos y el despilfarro alimentario como ha mejorado la alimentación y la economía doméstica de las gentes más pobres.

La emprendedora dispondrá en breve de su propio espacio en televisión

Pero, para lograrlo, ha tenido que vencer fuertes resistencias y cambiar hábitos profundamente arraigados: “Es un poco surrealista pero, en las favelas, la gente a veces gasta 12 reales (3,29 euros) en una sola botella de Coca-Cola, pero se niega a pagar dos reales (55 céntimos de euro) por una lechuga orgánica. ¡Tenemos que cambiar esto!”, se conjura la activista brasileña.

El proyecto avanza, llega cada vez a más barrios informales de la capital carioca y se autofinancia con el importe de los talleres y con servicios de catering. Pero pronto dará un gran salto cualitativo. En pocas semanas, Regina llevará sus recetas y propuestas a cientos de miles, tal vez millones de personas: el mes que viene está previsto su debut como presentadora de su propio programa de televisión.

“Cuando se trata de evitar el desperdicio de alimentos, estoy convencida de que no hay vuelta atrás. El mundo entero está clamando por este nuevo enfoque y un país como Brasil, con la enorme biodiversidad que tenemos, no tiene más remedio que seguirlo”, afirma. El gigante suramericano es uno de los 10 países con mayor volumen de despilfarro alimentario, con alrededor de 40.000 toneladas desperdiciadas cada año según datos del Instituto de los Recursos del Mundo (WRI, en sus siglas en inglés). A nivel mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que, mientras millones de personas pasan hambre, se tiran anualmente 1.300 millones de toneladas de productos comestibles, que para ser producidos han requerido de 1.400 millones de hectáreas –el 28% de la superficie agrícola del mundo–. Favela Orgânica ha empezado a reducir estas escandalosas cifras.


 

 

 

 

 

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Autor entrada: REDACCION

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