ENERGÍA RENOVABLE Europa

Alemania otea su futuro energético: las renovables superan ya al carbón

En seis meses, el 36% del total procede de fuentes limpias

 

Rubén Gómez del Barrio

Por primera vez en Alemania, las energías renovables superaron la producción de energía eléctrica de las centrales de lignito y hulla en el primer semestre de 2018.

El viento, el sol, el agua, la biomasa y otras fuentes renovables produjeron de enero a junio casi 118.000 millones de kilovatios hora de energía eléctrica, según las estimaciones de la Asociación Alemana de Gestión de Gas y Agua (BDEW), mientras que las centrales térmicas de carbón produjeron alrededor de 114.000 millones de kilovatios hora.

Unas cifras que para muchos en el país son todo un símbolo de un futuro tan esperanzador como necesario. Más en concreto, el porcentaje de energía renovable en la producción bruta de energía eléctrica fue de aproximadamente un 36% en el primer semestre de 2018, lo que supone un crecimiento en más del 10% en comparación con el primer semestre de 2017, al tiempo que la producción de electricidad de las centrales térmicas carboneras retrocedió en una décima parte. La electricidad ganada de gas natural descendió en un 4% hasta los 40.000 millones de kilovatios hora y la energía atómica suministró unos 37.000 millones de kilovatios hora. “Estas cifras lo dejan claro: el abandono progresivo, fomentado por el mercado, de la energía procedente del carbón está en plena marcha”, declaró Stefan Kapferer, presidente de la BDEW. Ahora, más que nunca, urge acelerar la expansión de la red.

El pasado 1 de mayo, durante unas horas, las centrales eléctricas de Alemania que utilizan recursos renovables produjeron más energía de la que consumían los habitantes del país. La misma circunstancia se produjo también el primero de enero. Fueron las dos primeras jornadas en la historia moderna del país en que las centrales eólicas, solares, de biomasa y similares superaron la demanda eléctrica del país. Alemania cuenta en la actualidad con más de 23.000 turbinas para la producción de electricidad con energía eólica y más de 1,4 millones de instalaciones de energía solar fotovoltaica. Los objetivos del “Energiewende” (Plan de transición energética de Alemania) son igualar o superar el 35% de electricidad producida con fuentes renovables -con relación al consumo eléctrico- en 2020, el 50% en el año 2030 y el 80% en el 2050. Una meta que hunde sus racíces en 11 de marzo de 2011, cuando la vida de Angela Merkel tuvo un punto de inflexión. Pocos meses antes, su gobierno había decidido prolongar el funcionamiento de las centrales atómicas alemanas.

El último reactor germano se apagaría no antes de 2036. Una decisión con la que la canciller se tornaba inflexible y sobre todo cómoda. Tras la unificación de Alemania, durante el gobierno de Helmut Kohl, Merkel se convirtió en ministra de Medio Ambiente y Seguridad de los reactores. Una cartera importante y apropiada para una doctora en física que siempre sintió la nuclear como una energía manejable y carente de alternativas. Hasta la catástrofe de Fukushima. El 11 de marzo de 2011, un terremoto seguido de un tsunami devastó el noreste de Japón y desencadenó el mayor desastre atómico desde Chernobil: en tres reactores de la planta se produjo una fusión de núcleo.

“Los sucesos de Japón son un punto de inflexión para el mundo”

Tras la catástrofe, Merkel reconsideró públicamente su posición: “Los sucesos de Japón son un punto de inflexión para el mundo”, afirmó. También lo fue para ella. En los meses posteriores, el gobierno alemán modificó radicalmente su política nuclear y por tanto, su política sobre medio ambiente. Hoy, una tercera parte del suministro energético en Alemania proviene de energías renovables o de las también llamadas “energía limpias”.

Hectáreas de terreno, principalmente en el norte del país, aparecen ahora cubiertas de molinos eólicos o de placas solares que luchan por robar a la tierra los contados rayos solares que llegan hasta el suelo germano. Un hito que hunde sus raíces en la conciencia ecológica de una nación que se ejemplifica en unas campañas de reciclaje muy asumidas entre la población o en un movimiento antinuclear muy activo. Una de sus metas se alcanzó en mayo del 2016 cuando, por primera vez, las fuentes de energía limpia cubrieron casi en su totalidad la demanda eléctrica de Alemania, logrando así un récord en el impulso de energías renovables. Pero no todo pinta tan idílico. “No hay ninguna referencia a los mecanismos para que el gobierno logre ese objetivo”, asegura a elEconomista el politólogo Tadzio Müller, responsable de energía y movimientos por el clima de la Fundación Rosa Luxemburgo, en Berlín. “No se puede decir que Alemania sea un país pionero en la protección del medio ambiente porque su riqueza actual se basa en un modelo de exportación ecológicamente destructivo, tal y como se demostró con el escándalo de los motores diésel”, añade Müller.

La industria y la necesidad de mantener la locomotora alemana a plena velocidad marcan la disyuntiva con este tema. ¿Cómo podrá Alemania mantener su estatus económico sin mermar las exigencias para la protección del medio ambiente? Desde la Federación de la Industria Alemana ya se ha dado la voz de alarma. En el sur de Renania del Norte, en la también conocida como cuenca del Ruhr, la mina de carbón de Ibbenbüren cuenta los días para su desactivación o el gigante energético E.On registra pérdidas millonarias desde que Berlín ordenara el apagón nuclear. Nos son las únicas. Las empresas químicas Bayer y BASF, los principales fabricantes de automóviles BMW, Daimler y Volkswagen o gigantes de la industria tales como Siemens y Thyssen, todos motores de la economía alemana, se ciernen en la incertidumbre ante las nuevas regulaciones que dejan sin vislumbrar el desenlace que provocará la energía verde.


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