La semana pasada, los representantes de los 27 Estados miembros de la Unión Europea avalaron la propuesta del Consejo Europeo sobre la proposición legislativa para regular las nuevas técnicas genómicas (NGT, del inglés New Genomic Techniques), entre las que se incluyen las herramientas de edición genética facilitadas por los sistemas CRISPR.

Lluís Montoliu, Centro Nacional de Biotecnología (CNB – CSIC)
Este acuerdo del Consejo permite ahora a la presidencia de turno de la Unión Europea (Polonia, durante el primer semestre de 2025, o Dinamarca, en el segundo semestre) empezar las negociaciones con el Parlamento Europeo para acordar un texto de consenso donde se recoja la legislación que regule a las plantas NGT.
Cuando se acuerde el texto definitivo deberá ser formalmente adoptado por el Consejo Europeo y el propio Parlamento Europeo para que dicho cambio normativo pueda entrar en vigor. En otras palabras, estamos todavía lejos, desafortunadamente, de ese horizonte legislativo, pero un pasito más cerca de conseguirlo.
Modificaciones genéticas, una práctica milenaria
Los organismos modificados genéticamente (OMG), popularmente conocidos como “transgénicos”, son aquellos en los que se introduce material genético –el transgén– ajeno al genoma de la planta en cuestión, pero que aporta las características adicionales de elección. Así se obtienen nuevas variedades de plantas mejor adaptadas al medio ambiente, resistentes a plagas, a la sequía, a herbicidas y a terrenos con alta salinidad, o con nuevas características aprovechables para su producción y consumo.
La modificación genética de las plantas se ha venido haciendo, de forma inconsciente, desde hace milenios, cuando los primeros agricultores empezaron a seleccionar en cada cosecha las plantas con mejores características para plantar la siguiente cosecha.
Realizada al azar, esa mejora genética consiguió convertir plantas difícilmente aprovechables como el teosinte (o maíz primitivo) en las mazorcas actuales del maíz, o unos diminutos tomatitos silvestres en el fruto del tomate actual.
La transgénesis permite abordar estos cambios de forma dirigida. Al seleccionar las características que se quieren introducir, se consiguen resultados de forma mucho más rápida, sin necesitar decenas de generaciones para ello.
Sin embargo, esta evidente mejora biotecnológica fue asociada sorprendentemente a peligros para la salud humana y el medio ambiente por diferentes organizaciones ecologistas, sin aportar evidencias científicas para ello. Así lo denunciaron más de 100 premios nobel en una durísima carta contra las organizaciones ecologistas.
Tristemente, lo cierto es que dichas ONG triunfaron y consiguieron demonizar a las plantas y cultivos transgénicos, principalmente en Europa, en defensa de una supuesta agricultura natural, tradicional (que también es producto de la biotecnología inconsciente tras siglos de mejora genética), tal y como recoge la película Food Evolution.
… Y llegó la tecnología CRISPR
Un halo de esperanza se abrió cuando aparecieron las técnicas de edición genética mediante las herramientas CRISPR, que permitían alterar la secuencia del ADN de genes con precisión, sin añadir necesariamente nuevo material genético. Gracias a esta tecnología es posible inactivar o modificar genes a voluntad y con una altísima precisión, frente a las técnicas anteriores de transgénesis que introducían nuevos genes al azar.
Muchos investigadores pensamos, ingenuamente, que la nueva tecnología de edición genética (netamente distinta de la transgénesis tradicional) iba a seguir un camino legislativo distinto. Que dichas mutaciones serían objeto de excepción en la normativa vigente, como lo es la mutagénesis al azar causada por métodos químicos (mutágenos) o físicos (radiación), que lleva usándose desde hace decenas de años en agricultura para identificar nuevas variedades con características aprovechables.
Un despropósito científico
Pero sucedió algo inesperado. En julio de 2018, el Alto Tribunal Europeo sentenció que los organismos editados genéticamente (obtenidos mediante CRISPR, por ejemplo) constituían un riesgo similar para la salud humana y el medio ambiente al de los organismos modificados genéticamente o transgénicos.
Por lo tanto, debían seguir el mismo camino que los transgénicos y aplicárseles en su totalidad los análisis de riesgos y requisitos especificados en la Directiva 2001/18. Esta ley se publicó nada menos que 11 años antes de que descubriéramos las herramientas CRISPR de edición genética.
Semejante despropósito científico (ni los transgénicos tienen ningún riesgo para la salud humana o del medio ambiente, ni los organismos editados eran comparables a los transgénicos) provocó el rechazo de la comunidad científica y de muchos otros agentes del sector biotecnológico, que veían cómo Europa perdía otra vez el tren de la innovación biotecnológica.
El Viejo Continente volvía a descolgarse de los avances científicos que ocurrían y se aprovechaban en el resto del mundo.
Más cerca del resto del mundo
Un soplo de aire fresco llegó en julio de 2023, cuando la Comisión Europea propuso una reforma legislativa y presentó una primera propuesta para regular el uso de las plantas NGT.
Se diferenciaban en dos categorías: NGT1 y NGT2, según si pudieran haberse obtenido también por métodos tradicionales, aunque para ello necesitaran muchos más años y generaciones de selección y mejora genética (NGT1), o no (NGT2).
Un ejemplo de planta NGT1 sería la inactivación específica de un gen que puede conseguirse mediante edición genética con CRISPR (como sucede con el tomate con alto contenido en el neurotransmisor GABA) o movilizarse mediante cruces de una variedad que presente esa inactivación a otra que no la tenga. Y un ejemplo de planta NGT2 sería la incorporación de un gen que codifica una toxina bacteriana en el genoma de una planta (como sucede con el maíz Bt), algo que difícilmente podría lograrse de forma tradicional por métodos de mejora genética clásica.
Un resumen de los elementos más importantes de esta propuesta de la Comisión puede leerse en el documento correspondiente del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de España y, de forma más sencilla y simplificada, en el siguiente cuadro comparativo de los diferentes tipos de plantas modificadas o editadas genéticamente que existen hoy en día en Europa.
La siguiente etapa en este laborioso y tremendamente lento camino hacia la adopción de las nuevas técnicas genómicas en la agricultura europea ocurrió en febrero de 2024, cuando el Parlamento Europeo aprobó la propuesta de la Comisión Europea, con algunos cambios. Entre ellos, el Parlamento añadió que las plantas obtenidas mediante NGT no podrían ser patentadas.
No habíamos vuelto a saber de esta propuesta de reforma legislativa hasta ahora, cuando el Consejo Europeo lo ha situado de nuevo en el recorrido legislativo.
Dicho trayecto deberá completarse con la aprobación en el Parlamento Europeo y el propio Consejo Europeo durante alguna de las próximas presidencias de la UE. Mientras que Polonia se ha opuesto tradicionalmente a los transgénicos, Dinamarca es mucho más favorable a las innovaciones biotecnológicas, como las técnicas de edición genética, que ya han sido incorporadas en la mayoría del resto del mundo.
Por lo tanto, podemos decir que hoy sí estamos un pasito más cerca del resto del mundo.
Lluís Montoliu, Investigador científico del CSIC, Centro Nacional de Biotecnología (CNB – CSIC)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
