Edición genética en plantas: Europa se acerca al resto del mundo


El pasado 7 de febrero, el Parlamento Europeo aprobó la propuesta de la Comisión Europea relativa a la regulación de las nuevas técnicas genómicas (NGTs, en sus siglas en inglés) en plantas, entre las que se incluye la edición genética con las herramientas CRISPR. La propuesta salió adelante con 307 votos a favor, 263 en contra y 41 abstenciones.


Lluís Montoliu, Centro Nacional de Biotecnología (CNB – CSIC)


Con esta aprobación, Europa emprende un camino nuevo que deberá acercarnos al resto del mundo, que mayoritariamente abraza estas innovaciones tecnológicas y las aplica con normalidad en sus cultivos, y nos alejará de las posiciones de bloqueo anteriores, que nos aislaban como continente. Numerosas instituciones y asociaciones han celebrado, con prudencia, esta votación favorable, ya sea con notas de prensa o con declaraciones.

Hace algo menos de un año, recogí en The Conversation el pesar de muchos agricultores, productores de semillas e investigadores europeos ante la situación creada tras una sentencia del Alto Tribunal Europeo, de julio de 2018, que determinó que las nuevas técnicas de edición genética con las herramientas CRISPR no podían beneficiarse de la exención del cumplimiento de la Directiva Europea 2001/18. Esta exención ya se concedía a otras técnicas de mutagénesis, por métodos químicos o físicos (p.e. por radiación), responsables de la mayor parte de vegetales, frutos y hortalizas que hoy en día adquirimos en el supermercado.

Por el contrario, la sentencia dictaminaba (sin evidencias científicas) que las nuevas técnicas de edición tendrían riesgos similares para la salud humana y el medio ambiente a los que se suponía que tenían otras plantas modificadas genéticamente, que conocemos como “transgénicas” (que ya sabemos que son seguras y no presentan riesgos desde hace muchos años). Por ello, concluía, debían seguir el camino regulatorio marcado en una Directiva que, en más de 20 años de aplicación, tan solo ha conseguido aprobar para su cultivo una sola variedad de plantas modificadas genéticamente (el maíz Bt, resistente a la plaga del taladro), mientras que se han autorizado para su comercialización casi 150, importadas y cultivadas fuera de Europa.

La paradoja de la sentencia era que las técnicas de edición genética con CRISPR son ni más ni menos que el método más preciso que conocemos hoy en día para modificar genéticamente un organismo. Por el contrario, la mutagénesis química y física produce múltiples alteraciones genéticas desconocidas que habitualmente se ignoran y solamente seleccionamos a la planta resultante por las características aprovechables (nuevo color, frutos más grandes, una forma distinta, etc.). Paradójico, ¿verdad?

Dos tipos de plantas: NGT-1 y NGT-2

La Comisión Europea reconoció en 2021 que habría que modificar esa Directiva Europea, publicada 12 años antes de que empezarán a usarse las técnicas CRISPR de edición genética. Pero no fue hasta julio de 2023 cuando lanzó una propuesta, que es la que acaba de ser aprobada por el Parlamento Europeo.

Brevemente, la propuesta divide a las plantas obtenidas por nuevas técnicas genómicas en dos tipos. En primer lugar, las plantas NGT-1, cuyas modificaciones genéticas, delimitadas en la propuesta, bien podrían haberse obtenido por métodos tradicionales, mediante cruces sucesivos y selección, aunque invirtiendo mucho tiempo y tras muchas generaciones, y por ello se consideran equivalentes. Estas serían plantas que sí podrían quedar exentas de la regulación de la Directiva y beneficiarse de la exención, como sucede en la mayoría de países del mundo que ya han adaptado sus legislaciones en este sentido.

En segundo lugar, las plantas NGT-2, cuyas modificaciones genéticas no entrarían en el primer grupo y seguirían siendo reguladas por la Directiva, aunque con una evaluación de riesgos que tendría en cuenta otras consideraciones, como por ejemplo si el cultivo resultante fuera más sostenible, y entonces podrían no tener que afrontar el dossier completo de requisitos que hoy en día todavía tienen que preparar los promotores de cualquier planta u organismo modificado genéticamente (OMG), sea transgénica (por la adición de nuevas secuencias de ADN externas que le confieren características especiales) o sea editada genéticamente (con la alteración de determinadas secuencias de ADN propias de la especie).

¿Y ahora qué? Por el momento nada ha cambiado todavía en cuanto a la regulación. Esta aprobación por parte del Parlamento Europeo es solo el primer paso. A continuación la propuesta de modificación de la regulación de las plantas obtenidas por NGT se debatirá en el Consejo Europeo, donde están todos los estados miembros representados, que todavía no tienen una postura común al respecto y pueden rechazar la propuesta.

Sin embargo es probable que soliciten cambios a la propuesta, que se formulen enmiendas y modificaciones al texto aprobado por el Parlamento Europeo. Estas enmiendas deberán discutirse a tres bandas, entre el Parlamento Europeo (el nuevo que salga tras las elecciones de junio de 2024), el Consejo y la Comisión Europea. Se hará en un complejo proceso legislativo conocido como triálogos (diálogos entre tres poderes de la Unión Europea), que requeriría una segunda aprobación del texto final que se acuerde por parte del nuevo Parlamento Europeo.

Por lo tanto, aunque la aprobación votada estos días en el Parlamento Europeo es una buena noticia que abre un horizonte de esperanza, todavía estamos lejos de que nuestros agricultores y productores de semillas puedan beneficiarse de la modificación legislativa.

Mientras no podamos utilizar las NGT en nuestros cultivos en Europa seguiremos bloqueando el acceso a las innovaciones tecnológicas. Innovaciones que ya se aplican fuera de Europa, en países que son capaces de producir más y mejor, aprovechando al máximo los terrenos dedicados al cultivo, con plantas mejor adaptadas al cambio climático, resistentes a plagas, lo que los hace mucho más competitivos y sostenibles.

La falta de competitividad es un lastre para nuestros agricultores que, entre otros problemas, ven como sus productos son más caros de producir y menos sostenibles que los que se importan desde fuera de Europa. Eso contribuye a que necesiten subvenciones para sobrevivir, lo cual conduce a tensiones como las que estamos viendo estas últimas semanas.

Lluís Montoliu, Investigador científico del CSIC, Centro Nacional de Biotecnología (CNB – CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.